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Política y síndrome de celebridad

Política Y Síndrome De Celebridad

Neuro J. Villalobos Rincón
nevillarin@gmail.com

“Las personas olvidan quiénes son y creen lo que los demás dicen sobre ellos.”
Paulo Coelho.

Dice el conocido autor de la cita, en su libro “El vencedor está solo”, lo siguiente: “A lo largo de las últimas décadas hemos vivido inmersos en una cultura en la que prima la fama, el dinero y el poder. Y la mayoría de la gente se ha visto inducida a creer que son ésos los únicos valores que merece la pena poseer, ignorantes de que los verdaderos manipuladores en la sombra permanecen anónimos. Dichos manipuladores creen que el poder más eficaz pasa inadvertido.” Obviamente, los políticos no escapan a esa sentencia. Cuando esos valores se vuelven obsesivamente un sueño, son más fáciles de manipular. Tarde nos damos cuenta del precio que hay que pagar por ello, ese es el síndrome de la celebridad.

La humanidad ha ensayado distintas formas de organizarse socialmente para tratar de vivir en sociedad de la mejor manera posible. La política es el mejor conjunto de acciones y de actitudes logradas por el hombre para acceder al poder y gobernar con sentido de justicia, respeto a la ley y mantenimiento de la paz; sin embargo, como dicen Bennis y Nanus “El poder es el más necesario de los elementos exigidos para el progreso humano, pero, a la vez, del que más se desconfía.”

Desgraciadamente, eso ha sido así porque la estupidez humana, tal como la catalogaba Einstein, es tan infinita como el universo. El estúpido, dicen algunos, es aquél que causa daño a otros sin obtener beneficio alguno, cuando lo inteligente sería conseguir beneficios para los demás y para sí mismo. Sin embargo, muchos de los que ascienden al poder no son tan estúpidos, son, y han sido insensatos, astutos, soberbios, impíos, corruptos, fatuos, ambiciosos y una larga lista más, aunque no sé si esas características gradifican la estupidez humana.

Acceder al poder de manera democrática parece, hasta ahora, la forma más sensata, pero no lo es. La democracia es la expresión de la pluralidad, del disenso, del acuerdo, del respeto y la tolerancia a los demás, y de la libertad, tal es así que hizo exclamar a Benjamin Franklin: “sólo un pueblo virtuoso es capaz de vivir en libertad. A medida que las naciones se hacen corruptas y viciosas, aumenta la necesidad de amos.”

Es el valor libertario de la política conjuntamente con el valor de la justicia lo que debemos rescatar de ella, porque la “polis” es la comunidad ciudadana en cuyo espacio artificial, antropocéntrico, no gobierna la necesidad de la naturaleza ni la voluntad enigmática de los dioses, sino la libertad de los hombres, es decir, su capacidad de razonar, de discutir, de elegir y revocar dirigentes, tal como refiere Savater. Necesitamos desligar la política del teatro, éste requiere de aptitudes especiales en su representación, la otra requiere aptitudes y actitudes esenciales en su concepción y ejecución.

A la política hay que llenarla de principios y valores que guíen su norte hacia el bien común; los políticos tienen que vaciarse un poco de sí mismos para permitir espacios donde quepan los valores individuales y sociales que los impulsen a trabajar por el bienestar de la sociedad.

Lo correcto es que si estás haciendo bien tu trabajo, concentres en él todas tus energías, porque la gente se pierde en el desierto de las ilusiones y se deja llevar por las visiones que producen la fama, el dinero y el poder. Los políticos en su tránsito por la vida, buscan como dice Coelho, el equilibrio en la cima, sabiendo que hace mucho viento allá arriba y que cualquier cosa puede hacerles caer en el abismo. No les pasa por la cabeza que el poder sólo habla con el poder. Qué tienen que verse de vez en cuando, beber y comer juntos. Generalmente es tarde cuando se dan cuenta que el poder es más importante que la riqueza y la fama, y que la libertad es invalorable.

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