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Cuando sea grande
Vete, antes de que te boten

Ilustración: Beata Bieniak

Leda Santodomingo / ledasantodomingo@gmail.com

 

I / No importa si te vas o si te botan, la molestia del otro será la misma.

No hablo del rompimiento entre parejas que ya no se quieren, sino de la ruptura con el trabajo por decisión propia o ajena.

Todavía no entiendo cómo a Carlos, el número uno del noticiero, lo despidieron. Primero salió Esperanza, la otra locutora, después él, años más tarde también sacaron a la consentida de las 5.

Ocurrió en mi trabajo y en el canal de la competencia. De pronto —sin anestesia— los “imprescindibles” quedaron fuera.

Entiendo que las empresas contraten y despidan cuando les plazca, pero lo que no comprendo es por qué, no hay un “adiós” bonito, tampoco un “gracias” por el trabajo cumplido.

No señor. Aquel que hasta ayer te saludaba cariñoso, ahora te llama a su oficina y te entrega un sobre con la “sentencia”, luego te escoltan hasta tu escritorio y te dan “cinco minutos” para que metas todas tus vivencias laborales en una caja.

Tus compañeros no dicen nada, conocen la cara de los que van a la “cárcel” sin juicio.

Vi salir a varios y juré que a mí no me pasaría. Tenía 58 años y mucho susto. Quién emplearía a esa “señora”, tendría que ser yo misma, y lo hice.

Me tomó meses decidirlo y, cuando tuve un “cliente potencial” en la mano, pedí vacaciones.

A mi regreso, con el color y el sabor de la playa, subí a la gerencia y  entregué mi renuncia.

Ofrecí mi preaviso, pero no lo aceptaron. Al abrirse el ascensor de vuelta a mi oficina, me esperaba un guardia, quien me escoltó a mi escritorio. No necesité “los cinco minutos” ni la caja, tomé mi cartera y me fui. No fue fácil, pero es mejor salir, a que te boten.

II

Lo que yo hice, no es recomendable, porque renunciar y quedarse sin trabajo es algo que una persona seria no hace.

Lo hice porque estaba sola, era libre podía equivocarme y cometer errores.

Una amiga  que sabía que yo estaba harta de la televisión, me contrató como vocera de su esposo, un reconocido político que no ganó las elecciones.

Ese trabajo que llegué a odiar, fue mi camino hacia la independencia, una gran escuela que por fortuna duró sólo cuatro meses.

Después me fui a Colombia, donde no conocía a nadie. Allí produje una campaña para promover el inglés como segunda lengua para empresarios. Ganaba bien y era divertido, pero la soledad me hizo cuestionar si tenía sentido vivir así, sola por el mundo, sin importarle a nadie.

Tenía que regresar a Chicago, aquí estaban mis afectos. Quería poner en práctica mis ideas, en un terreno conocido.

Fue entonces cuando mi hermano, que administraba un centro naturista (nudista) en el Sur de Francia me dijo: “tienes que parar, es tiempo de pensar lo que quieres hacer cuando seas grande”.

Con él me pasé tres meses, me instaló en un bello apartamento en el campo, me dio trabajo (pagado en euros). Juntos creamos una campaña para promover las maravillas de vivir sanamente y sin ropa.

Crónicas desnudas” fue el programa de radio que nos permitió llevar el mensaje hacia Miami, Colombia y Venezuela. Lo producíamos en mi casa y como lo diferente atrae, en poco tiempo se vieron los resultados. Aquel verano llegó más gente con ganas de vivir como Adán y Eva.

Nos ayudaron la radio y las historias insólitas que narrábamos.

Terminó el verano y  regresé a Chicago liviana de temores.

Trabajo no me ha faltado y cada vez entiendo más el hexagrama chino que utiliza el mismo símbolo para problemas y oportunidades.

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